Las vidas de propina de las que
hablas, las que valen por dos, pesan tan poco que solo vives para contarlas.
Cogería todo eso y mediodía a la sombra, y dejaría que las palabras que
sollozas solo fueran el calor que me adormece, la razón que agita las hojas y
sin más se desvanece. Podríamos alisar el lienzo de la existencia, apagarle las
arrugas y alisar las llamas por un momento, y escribir alguna especie de
conversación catártica, de esas que son todo comas y camas, y besos y mantas. Podríamos
quedarnos así, sintiendo solo la parte liviana de lo vivido, cantando bajo el
agua, muriendo de regalo, doblando el folio y empezando otra de esas vidas, de
propina, de las que tanto hablas.
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