La vi por ese pequeño hueco que se crea entre el miedo a lo desconocido y la curiosidad, por esa incómoda grieta entre querer saber y salir corriendo. No sé si me explico, pero me gustaba. La vi y era pura transformación, constante, y mis ideas ya eran solo de verdad y tenían frío si ella no las abrigaba. Pero debían tener frío y yo quería, parece una encrucijada y huele a locura, aunque la espada era de juguete y la pared de papel pintado. Mi mirada que no sabía cesar, ni podía ni quería, y su maldita armonía agarrotándome el pulso. La vi envejecer por momentos en mis cuentos, los que pienso y nunca le explico, y la vi así, como os lo cuento, perderse en su propia piel, pedirme ayuda de reojo. Es cierto, el tiempo era solo ese suave deambular de sus pasos en mi universo, y la vi trepar por mis acantilados como si conociese el camino, cada curva y cada piedra sorteada, y las migas que dejaba la mataban de hambre. Y yo ya no sabía nada, solo seguía mirando y mirándola, y la vi decidir sobre sus vidas, sobre todas ellas, sacarlas del bolsillo hechas un lío y ordenarlas, recordarlas, olvidarlas si quería. La vi inventar mis gestos, reír mis risas, recorrer sus propias líneas con mis perezas, odiarme a ratos, emborracharse los sentidos. La vi interpretar con sus actores mis comedias, robarme la voz, quemar los puntos y las comas. La vi por ese pequeño hueco que aparece de la nada entre el querer y las mareas. Y la vi desaparecer por esa incómoda grieta entre el sueño y mis mañanas.