lunes, 21 de noviembre de 2011

Olvidé a caminar los tres pasos y medio que separan tu cama de mi ventana, a recorrer a tientas el pasillo, a soñar a medias tintas. Me acordé de olvidar, lo dicen doce centímetros cuadrados de papel amarillo sobre la estantería. Lo gritan cuarenta grados absolutamente inocuos cuando el cristal se enfría.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Me llueve el alma. Con claros intermitentes que no ganan terreno a la tormenta. Me pierdo en charcos, y mientras llueve frío aquí fuera, y además llueve frío ahí dentro. Me ahoga tanta agua, siempre igual, siempre lo mismo y sin embargo, cálido, gris, lacerante, enfermo.

viernes, 24 de junio de 2011

Me encanta esta luz. Esa luz de las 9.32 de la tarde de un viernes de verano. Pero no es solo eso, supongo. Es el sonido de cubiertos ahí fuera, la gente que cena, la lluvia que no tarda. Esa luz que más que luz ya es noche, que al minuto ya no es la misma. Son las cañas secas que cuelgan en alguna terraza, su sonido sordo y arrítmico, más cubiertos, pasos, coches, voces, hombres y mujeres, la lluvia que espera al postre, el sonido de las teclas, el tabaco que quema. Y esa luz. Me he vuelto a girar y se ha ido. No está y no estás, pero me encanta esa luz.

martes, 29 de marzo de 2011

32 horas

He pasado 32 horas sin un cigarrillo entre mis dedos. Sé que no es algo realmente memorable, ni digno de mención. Pero tampoco me preocupa eso. Lo único enriquecedor de este anodino e insulso hecho acontece cuando ya desesperado intento vender mi alma al diablo. Entre destellos y llamas del inframundo aparece el tío con una de esas medias sonrisas que ya de por si exacerban a cualquiera y me pregunta con su diabólica voz por mis intenciones. Le comento que estoy interesado en hipotecar mi alma, si las condiciones me favorecen, por un paquete de Marlboro. Claro, yo pienso, si vendes tu alma no le pidas tabaco de liar, que no sé a quien coño voy a engañar luego para conseguir papel. En fin, que el tipo cambia de lado la media sonrisa, me mira de reojo, y me dice que tendría que abrir un paquete de Ducados para darme siete u ocho cigarrillos, pero que la política de su empresa se lo prohíbe. Por entonces llevaba yo unas 30 horas sano sano, y le he dicho que no fumo negro. Se ha ido indignado, quizás por mi comentario, de vuelta hacia sus fogosos lares farfullando nosequé blasfemia. Al rato me he encontrado un cigarro.