La silla de madera cruje cuando por fin se sienta delante de mí.
Si tuviera que explicarlo de alguna forma, sería como un reguero incesante y
sucesivo de hormigas cruzando la puerta y asegurando la huida. Tropezando, avanzando
mientras ella apura el filtro. Ajena como si nada malo ni bueno, tuviera
espacio para colarse por el hueco de la puerta que sujeta con firmeza. Siente
el frío metálico e inamovible trepar por los surcos de su piel. Siente la
fuerza imparable que no cesa y que observa y resiste. Ella también resiste.
Sería más o menos como ese reguero de hormigas que se abalanza sin éxito,
mareadas por el vaivén de los pliegues de su falda. No es para menos.
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